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Creer en dios ¿La infancia del intelecto?




El tiempo pasa inexorable y las ideas cambian, o al menos eso sucede en las sociedades humanas complejas, donde el intercambio cultural abre la mente y el desarrollo del intelecto apela, por sí mismo, a la búsqueda de metas objetivas en el terreno del conocimiento. Y hoy algunos dejamos paulatinamente las creencias primitivas y nos apegamos a la tecnología. No se trata del materialismo marxista, aunque algún paralelismo le podríamos hallar, sino de una necesidad natural del hombre en su incansable sed de curiosidad, lo que nos ha llevado a dejar de lado las supersticiones y buscar respuesta a ellas a través de las evidencias.





Desde la edad media hasta hoy, mucho ha cambiado la forma de pensar, de vivir, de entender el mundo. La vida y la sociedad de entonces son enigmas para nosotros; podremos conocer los hechos, pero no sabremos nunca cómo fue ser testigo de los albores de la sociedad moderna. Del oscurantismo medieval a la conquista de Marte hemos recorrido un camino muy corto en términos cósmicos, pero muy largo en nuestra percepción del tiempo y desde el desarrollo del lenguaje, el legado ha sido enorme, pues los hechos tomaron forma a través de las palabras y luego del legado gráfico, el testimonio escrito dejó constancia detallada de los hechos y claramente en estas últimas generaciones hemos avanzado mucho más que en toda la historia de la humanidad merced a la tecnología y la información que disponemos.





Las mentiras salen fácilmente a la luz gracias a que hoy tenemos dispositivos que nos brindan información a la velocidad de la fibra óptica mediante los cuales cualquier internauta puede acceder a la red y disponer de todo el conocimiento disponible que, créanme, es mucho. Así es que un trabajo de investigación se realiza desde la comodidad de la casa, frente a un monitor, y con toda la bibliografía universal a un click. EL conocimiento nos hace libres, y aun teniendo éste a disponibilidad, la mayoría de personas elige no cuestionar dogmas, despreciando el conocimiento y ajustándose las cadenas de la ignorancia, por lo cual podemos entonces asumir que los dogmas son malos y se impregnan como un tatuaje en el alma de los dogmatizados.


Podríamos pensar que todos perseguimos la verdad, y si la verdad desafía dogmas, es mejor romperlos y salir de la doctrina, pero esto parece algo muy difícil de lograr, aun cuando la naturaleza humana es inquisidora. ¿Qué hace que las personas elijan una creencia o mito a la realidad objetiva? Quizás sea el miedo. Preferimos dejar pasar los hechos, las evidencias; un cristiano no aceptará que Jesús no es un personaje histórico, no importa cuánto se pueda probar al respecto, el dogma es más fuerte porque se impone desde una necesidad innata por medio del adoctrinamiento temprano.


El intelecto del niño detiene su desarrollo cuando pasa de creer en hadas, duendes para creer en el Espíritu Santo. La doctrina religiosa sumerge al niño en una infancia perpetua, donde las creencias en seres mitológicos sólo cambian de personaje: Santa Claus se sustituye por Yahvé en la adultez, como sea, ambos son conceptualmente lo mismo. Entonces en esa línea de pensamiento podemos sugerir que las creencias mitológicas son la infancia del intelecto, esas que el adulto religioso se niega a abandonar por su inmadurez emocional, por su temor a la muerte y por su necesidad de trascendencia.





El saber asusta cuando te promete un mundo sin magia salvadora, aunque siempre es mejor tener los pies en la tierra para ser conscientes de la verdadera belleza de las cosas y conocer la naturaleza humana de Dios.







Marcos Wistak

Escritor, realizador

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