top of page
551.jpg

Los testigos de Jehová dicen que las transfusiones de sangre ya no son pecado. ¿Y los niños que murieron obligados a rechazarlas porque les hicieron creer que sí lo eran, qué?

Foto del escritor: David Marino
David Marino
hace 17 horas
7 min de lectura

Imagínese que usted es el padre o la madre de uno de los niños que aparecen en esta portada.


Su hijo está gravemente enfermo. Los médicos le explican que necesita una transfusión de sangre y que, sin ella, podría morir.


Pero usted es testigo de Jehová. Durante años le han enseñado que aceptar sangre es desobedecer a Dios. Que hacerlo puede costarle su aprobación y la esperanza de vivir eternamente en el paraíso.


Entonces se enfrenta a una decisión terrible: permitir que los médicos intenten salvar a su hijo mediante una transfusión o mantenerse fiel a lo que los dirigentes de su religión le han enseñado que es la voluntad de Jehová.


Usted ama profundamente a su hijo. No quiere que muera. Pero también cree que Dios exige ese sacrificio.

Y decide obedecer.

Su hijo muere.


Lo entierra. Llora su ausencia durante años. Se pregunta cómo habría sido su vida, cuántos años tendría en este momento, si habría formado una familia, si algún día usted habría conocido a sus nietos.


Se consuela pensando que hizo lo correcto. Que fue fiel a Jehová. Que algún día volverá a abrazarlo en el paraíso.

Y entonces, más de tres décadas después, los mismos dirigentes religiosos que le enseñaron que aceptar aquellos componentes sanguíneos era desobedecer a Dios anuncian que ahora cada creyente puede decidir si los acepta.


Que recibir glóbulos rojos, glóbulos blancos, plasma o plaquetas es una cuestión de conciencia.Que ya no está prohibido.


¿Se imagina lo que sentiría?


¿Se imagina descubrir que su hijo pudo haber recibido el tratamiento que quizás le habría salvado la vida, sin que su religión lo considerara una desobediencia a Dios?


¿Cómo se vive con semejante dolor?


¿A quién le reclama?


¿Quién le devuelve a su hijo?


Esta escena es hipotética, pero refleja el terrible conflicto que las enseñanzas sobre la sangre han impuesto a numerosas familias.

Y lo más indignante es que no estamos hablando de una acusación inventada por los enemigos de los testigos de Jehová.


Estamos hablando de lo que ellos mismos publicaron.


CUANDO DEJAR MORIR A UN NIÑO ERA PRESENTADO COMO UN ACTO DE FE


Observe la portada de la revista ¡Despertad! (Awake!) del 22 de mayo de 1994.

En ella aparecen fotografías de niños y adolescentes acompañadas del título:


«Jóvenes que ponen a Dios en primer lugar».


¿Y qué significaba poner a Dios en primer lugar?


La propia publicación lo explicaba:


«En tiempos pasados, miles de jóvenes murieron por poner a Dios en primer lugar.


Todavía lo hacen, solo que hoy el drama se desarrolla en hospitales y tribunales, y el asunto son las transfusiones de sangre».


¡Qué afirmación tan espantosa!


La organización estaba comparando a los jóvenes que morían por sus creencias con quienes rechazaban transfusiones de sangre.


Y lo presentaba como algo admirable. Como una demostración de fidelidad.

Como un ejemplo que otros creyentes debían seguir.


En esa misma edición contaron la historia de Adrian Yeatts, un adolescente de 14 años que murió en septiembre de 1993 después de rechazar transfusiones durante el tratamiento de una enfermedad grave.

Su historia fue presentada como ejemplo de fidelidad a Dios.


Un niño muerto convertido en ejemplo de obediencia religiosa.


Y ahora, décadas después, los dirigentes de esa misma organización anuncian que los componentes sanguíneos anteriormente prohibidos pueden aceptarse según la conciencia individual.


¿Y qué pasa con Adrian?


¿Qué pasa con los demás jóvenes que murieron siguiendo aquellas enseñanzas?


¿Qué pasa con sus padres?


NO FUE DIOS QUIEN CAMBIÓ DE OPINIÓN. FUERON UNOS HOMBRES.


Durante décadas, los testigos de Jehová enseñaron que aceptar determinados componentes de la sangre violaba los mandamientos divinos. Sus seguidores debían obedecer incluso cuando esa decisión ponía en peligro sus vidas.


Y ahora el Cuerpo Gobernante anuncia que aceptar esos componentes es una decisión personal.


La prohibición de la sangre completa continúa, pero los cuatro componentes principales pasan a ser una cuestión de conciencia.


¿La explicación?


Que la Biblia no habla específicamente de aceptar esos componentes sanguíneos.


¡Pero si la Biblia tampoco hablaba específicamente de ellos cuando los prohibieron!


¿Entonces con qué autoridad impusieron durante décadas semejante restricción?


¿Quién decidió que aceptar glóbulos rojos era pecado?


¿Quién decidió que recibir plaquetas significaba desobedecer a Jehová?


¿Quién les dijo a millones de creyentes que debían rechazar tratamientos médicos aunque su vida estuviera en peligro?


No fue una voz que bajó del cielo. No fue una revelación demostrable de ningún ser sobrenatural. Fueron seres humanos interpretando un libro religioso y atribuyendo sus conclusiones a la voluntad de Dios.


Y cuando esos seres humanos cambian su interpretación, los seguidores deben adaptarse.

Pero los muertos no pueden hacerlo.


La doctrina cambia. Los muertos siguen muertos.



ESTO ES LO QUE OCURRE CUANDO SE ENTREGA LA CONCIENCIA A UNA AUTORIDAD RELIGIOSA


Este caso ilustra uno de los peligros más graves del fanatismo religioso: convertir las interpretaciones de unos dirigentes en verdades absolutas que deben obedecerse incluso por encima de la propia vida.


El psicólogo Steven Hassan desarrolló el modelo BITE para analizar las formas de control que ejercen las organizaciones de alta exigencia sobre sus integrantes.


El modelo identifica cuatro dimensiones: comportamiento, información, pensamiento y emociones.


Y resulta difícil no reconocer esos mecanismos en las enseñanzas de los testigos de Jehová sobre las transfusiones.


Control del comportamiento: una organización religiosa establece qué tratamientos médicos pueden aceptar sus seguidores.


Control de la información: las interpretaciones bíblicas de sus dirigentes adquieren una autoridad que puede imponerse sobre las recomendaciones de los profesionales de la salud.


Control del pensamiento: una decisión médica deja de evaluarse únicamente por sus beneficios y riesgos y se convierte en una prueba de obediencia a Dios.


Control emocional: el miedo a desobedecer a Jehová, perder su aprobación o comprometer la esperanza de la vida eterna puede condicionar decisiones que deberían tomarse libremente.


Y cuando todo esto afecta a niños, las consecuencias pueden ser devastadoras.

Porque un niño no debería tener que demostrar su fidelidad religiosa arriesgando su vida.


Ningún niño debería morir para demostrar que sus padres obedecen a Dios.


EL FANATISMO RELIGIOSO NO SOLO DESTRUYE VIDAS. TAMBIÉN PUEDE CONVENCER A SUS VÍCTIMAS DE QUE ESTÁN HACIENDO LO CORRECTO.


Este es uno de los aspectos más perversos del fanatismo.

No siempre necesita personas crueles. Puede convertir a personas amorosas, compasivas y profundamente convencidas de estar haciendo el bien en protagonistas de decisiones terribles.


Un padre puede amar sinceramente a su hijo y, al mismo tiempo, rechazar un tratamiento que podría salvarlo porque cree que Dios así lo exige.


Una madre puede sufrir desesperadamente mientras se convence de que permitir una transfusión sería condenar espiritualmente a su pequeño.


Y una organización religiosa puede presentar esas tragedias como ejemplos de fidelidad.


Eso es lo verdaderamente aterrador.


Cuando una persona está convencida de que obedece a Dios, puede llegar a justificar actos que jamás aceptaría si se los exigiera cualquier otro ser humano.


Y este problema no se limita a los testigos de Jehová.

A lo largo de la historia, distintas religiones han utilizado la supuesta voluntad divina para justificar sacrificios humanos, persecuciones, castigos, discriminación y guerras.


Personas que jamás habrían asesinado a un vecino por una diferencia de opinión han llegado a hacerlo convencidas de que defendían a su supuesto dios.


Comunidades enteras han sido perseguidas por tener creencias diferentes.

Y familias han sufrido pérdidas irreparables por seguir mandatos que consideraban sagrados.


Por supuesto, no todos los creyentes actúan de esa manera, ni todas las expresiones religiosas conducen al fanatismo.

Pero el peligro aparece cuando la fe deja de ser una convicción personal y se convierte en obediencia incuestionable.


Cuando cuestionar a los dirigentes equivale a cuestionar a ese supuesto dios. Cuando la duda se considera pecado. Y cuando la vida humana termina subordinada a una interpretación religiosa.


POR ESO SOMOS ATEOS


Desde la Asociación de Ateos de Bogotá cuestionamos precisamente esa pretensión de autoridad. No aceptamos que alguien pueda imponer decisiones sobre la vida y la muerte de otras personas simplemente afirmando que habla en nombre de ese supuesto dios.


No consideramos que una interpretación bíblica tenga más valor que la evidencia científica. No creemos que una persona deba sacrificar su vida, ni mucho menos la de sus hijos, para demostrar fidelidad a un ser cuya existencia no ha sido demostrada.


Y no aceptamos que una organización religiosa pueda eludir el cuestionamiento moral de sus enseñanzas alegando que simplemente estaba interpretando la voluntad divina.


Nuestra posición atea no se basa únicamente en las consecuencias negativas de determinadas religiones. Se fundamenta, ante todo, en la ausencia de pruebas suficientes para creer en la existencia de dioses.


Pero casos como este muestran por qué también consideramos necesario cuestionar públicamente el poder que las instituciones religiosas ejercen sobre las personas.


Porque cuando una creencia se coloca por encima de la evidencia, de la autonomía individual y de la vida humana, sus consecuencias pueden ser irreversibles.


Y porque una sociedad que respeta la libertad religiosa también debe proteger el derecho a cuestionar las doctrinas, denunciar sus consecuencias y exigir responsabilidades a quienes las promueven.


¿Y QUIÉN LES DEVUELVE SUS HIJOS?


Quisiera que los dirigentes de los testigos de Jehová volvieran a mirar aquella portada de 1994.


Que observaran detenidamente los rostros de esos niños.


Que recordaran cómo presentaron sus historias.


Que pensaran en los padres que confiaron en sus enseñanzas.


En las madres que lloraron junto a las camas de hospital.

En las familias que enterraron a sus seres queridos convencidas de que estaban cumpliendo la voluntad de Jehová.


Y que respondieran unas preguntas muy sencillas:


¿Con qué autoridad prohibieron durante décadas tratamientos que ahora dejan a la conciencia individual?


¿Qué responsabilidad asumen por las muertes relacionadas con aquellas prohibiciones?


¿Qué les dicen hoy a los padres que perdieron a sus hijos?


¿Que ahora entienden mejor la Biblia?


¿Que recibieron una nueva comprensión de la voluntad divina?


¿Que simplemente cambiaron su interpretación?


¿De verdad creen que alguna de esas explicaciones puede aliviar el dolor de una madre que enterró a su hijo?


No estamos hablando de cambiar una norma sobre la ropa, las celebraciones o las costumbres religiosas.


Estamos hablando de decisiones que podían determinar si una persona vivía o moría.


Y mientras los dirigentes pueden continuar con sus vidas, publicar nuevos comunicados y explicar sus nuevas interpretaciones, hay familias que nunca volverán a estar completas.


Los niños que murieron no tendrán una segunda oportunidad.


Los padres que los enterraron no podrán regresar al hospital y tomar otra decisión.


Las madres que los lloraron no podrán recuperar los años perdidos.


Por eso, la pregunta sigue siendo la misma:


¿QUIÉN LES PIDE PERDÓN A ESAS FAMILIAS?


¿QUIÉN SE HACE RESPONSABLE?


¿QUIÉN LES DEVUELVE A SUS HIJOS?


Asociación de Ateos de Bogotá — AAB

 
 
 

Comentarios


Logo AAB Negro SF.png

321 3846578

© 2026 - Asociación de Ateos de Bogotá / Todos los derechos reservados / Hecho por: Eclectic

bottom of page