¿Puede matar la tolerancia?

Actualizado: sep 18

Por: Manuel Espejo, Humano, Músico, Servidor y Amigo.

“tolerar Del lat. tolerāre. 1. tr. Llevar con paciencia. 2. tr. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. 3. tr. Resistir, soportar, especialmente un alimento o una medicina. 4. tr. Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.”

(“tolerar”, Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 2019. https://dle.rae.es/tolerar)

En esta ocasión, salgo de mi zona de conocimiento y entro a mi zona de opinión (que no soy adepto a visitar), pues la palabra de marras, tan noble pero tan arrastrada, ha salido mucho a la luz en virtud de muchos hechos lamentables protagonizados en nombre de uno u otro grupo humano o una u otra ideología en todas partes del mundo, los cuales no es necesario listar en este espacio.

Historias de la vida real hay por centenares, en las que la paciencia, el permitir, el resistir y el respetar que menciona el diccionario han tenido finales signados por la fatalidad. Solo para ilustrar, referiré a continuación una “noticia judicial”, la cual por ser casi un molde que se repite en varias ciudades, tiempos y personas, no necesita que la ponga con el lugar, modo, momento, personas y circunstancias exactos.

La señora Filiberta yace muerta en su habitación con múltiples heridas infligidas con un cuchillo de cocina. A la llegada de las autoridades, el joven Filomeno, su hijo, sostiene la mano yerta de su madre y le repite, “ya los logré sacar, madre, ya no están, ya no están...”. La investigación no tardó mucho en resolver el caso: Filomeno, quien había sido diagnosticado con esquizofrenia, había dejado de tomar sus medicamentos pues tanto él como Filiberta habían ingresado, con la esperanza de una curación definitiva, al Templo Poligonal de los Santos Filiburgueses. Con su inmensa capacidad de convicción, les persuadieron de que sólo la oración, la fe, el diezmo puntual y la participación regular en el culto lograrían expulsar el demonio que Filomeno tenía en su cuerpo.

La ausencia de los medicamentos pronto mostró sus resultados: las alucinaciones de Filomeno incrementaban en terror y frecuencia, y la única solución ofrecida por la congregación era que “todo reside en su fe, ese demonio es muy fuerte y hay que combatirlo con la oración, no con otro demonio peor, como esos venenos promovidos por el Diablo”. Además de los medicamentos, abandonaron las visitas al psiquiatra, “ese enviado de Satanás para envenenar a tu hijo”.

Casi sobra narrar el resto. Un día, en medio de sus crecientes fantasías, Filomeno vio cómo “los demonios que lo poseían” entraban en el cuerpo de Filiberta, su madre, y cuchillo en mano, procedió a perseguirla por su humilde residencia, hasta que logró reducirla en su habitación y apuñalarla en cada lugar por donde los horribles seres asomaban su cabeza, hasta que los exterminó por completo, junto con la vida de su madre.

Hoy Filiberta está muerta. A ella ya nada le importa, pues ahora nada es, pero pensar en el horror de sus minutos finales, viéndose perseguida y herida por el fruto de sus entrañas, es algo que horroriza terriblemente. También aterra hasta la médula pensar en Filomeno. Una persona cuyo verdadero crimen fue la credulidad, tanto en su madre como en su iglesia, permanecerá encerrado para siempre, atormentado por la certeza de lo que hizo y obligado a tomar los “venenos” que lo hubieran podido rescatar de forma real y eficaz de esos “demonios”.

¿Y qué papel juega la tolerancia en esto? Uno muy importante: los amigos, los familiares, el psiquiatra y cualquiera que conociera esta situación permitieron que la medicina fuera reemplazada por la fe, puesto que en nuestra sociedad nostálgica de la colonia monacal se nos ha recalcado desde la cuna que “las tradiciones, la religión y la política se toleran y se respetan”. Y con seguridad, si alguno de ellos hubiera intentado tomar acciones legales para hacer que se continuara el tratamiento médico, tanto las víctimas como su congregación habrían rasgado sus vestiduras y enarbolado la bandera de “la sociedad intolerante nos persigue por nuestra fe, exigimos respeto, justicia y tolerancia”. Y con eso, el asunto hubiera tenido el mismo final.

Los derechos consagrados en nuestra constitución política nos hacen libres de ejercer una fe o de rechazarla. Pero ¿de qué sirve la libertad sin responsabilidad? ¿Qué tan libre es una persona sin límites? ¿Cuál es el punto en el que la tolerancia y el respeto, valores importantes para el ejercicio de la libertad, se convierten en simple permisividad?

Centenares de siglos han pasado desde que somos una especie “civilizada”, y cada época y circunstancia social traen respuestas diferentes y en ocasiones diametralmente opuestas a esas preguntas. Y por supuesto, ninguno de nosotros tiene la respuesta definitiva, aunque muchos pretendan poseerla en sus dogmas y tradiciones, y vivan arrojándola a nuestras “intolerantes” caras, como nuestros primos lejanos hacen con sus heces para demostrar su enojo.

¿Qué tanto nos puede costar comprometernos con la dignidad de la vida, para empezar? ¿Podría ser esa una respuesta clave, por lo menos para el momento presente? Cuando dejamos a un lado la tolerancia hacia las creencias y las tradiciones que contradicen esa dignidad, estamos dando un paso importante.

La tolerancia con su fe, sus tradiciones y sus creencias no puede seguir siendo la bandera con la que se arropan los que cometen atrocidades que claramente atentan contra la dignidad de la vida, esos que roban a palabra limpia a sus fieles, los que niegan tratamientos científicos comprobados en favor de soluciones mágicas, aquellos que mutilan a las mujeres tanto en sus cuerpos como en sus mentes, los que desprecian a los que tienen un color de piel diferente al de la “raza elegida”, los que condenan a quien se atreva a seguir los llamados de su sexualidad, los que pretenden obligar a parir por parir, los que niegan el derecho a finalizar la existencia del enfermo terminal con insufribles dolores y angustias.

Si dejamos de tolerar la mentira de la vida eterna después de la muerte, más gente intentaría dar lo mejor de su vida y promoverlo en los demás (y tal vez no sólo en los demás humanos) mientras esté viviendo, no esperando a lo “bueno” o lo “malo” que vendrá después. Si cesamos el respeto por el ídolo del creador y determinador de la existencia, tomaríamos la responsabilidad de nuestros hechos, mediríamos mejor las consecuencias de nuestros actos y buscaríamos el modo de que siempre fueran provechosos para más personas y nuestro entorno.

¡Que no sea nuestra tolerancia la que mate más Filibertas a manos de más Filomenos!
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