Domingo de Resurrección y Apocalipsis Zombie

Actualizado: oct 7


Imagen del fotógrafo Sebastián Urrego (Marco) disponible en Facebook.

La ciudad luce abandonada. No hay gente en las calles, las tiendas están cerradas, no hay transporte público. Los semáforos funcionan como si todavía la gente condujera hacia su oficina. Estoy solo en medio de la nada con una extraña amnesia. Estoy seguro de que enfrento un mundo caótico, aparentemente con la humanidad diezmada y con pocos sobrevivientes. De lo único que debo asegurarme es de protegerme y conseguir comida.

Camino por una de las calles principales de esta ciudad y recuerdo vagamente gente perdiendo a sus familiares. Algo sobre un patógeno que los infecta y se los lleva a los pocos días. Recuerdo algo aún peor: los enfermos infectan fácilmente a las personas con las que entran en contacto. Puesto que muchos no muestran síntomas los primeros días, todo el mundo es sospechoso. La gente se vuelve arisca, todos sospechan de todos, se convierten en enemigos de sus propios familiares, incluso se alejan de los médicos. Estos últimos son de quienes más se desconfía: están más cerca de los enfermos.

Encuentro un móvil en el suelo, tiene batería. Al desbloquearlo encuentro información de un nuevo coronavirus llamado SARS-CoV-2 causante de la COVID-19. El Gobierno chino intentó ocultar el brote al principio, pero un médico alertó a la comunidad y se tuvo que encerrar la ciudad del brote en una cuarentena a gran escala. Según noto la fecha, es inicio de abril de 2021. Por supuesto, debe ser semana santa.

En otros países, al parecer, nadie lo creyó al principio. Unos pensaron que era sólo asunto de la China. El móvil pierde batería y lo máximo que alcanzo a ver en las noticias destacadas es que un presidente muere a causa de la enfermedad. Ahora lo recuerdo mejor, el virus se fue llevando a las personas a una velocidad vertiginosa; afectó a médicos, policías, militares, políticos y multimillonarios.

Imagen de mi-cuarta-carie publicada por I Bogotá en Facebook.

Recuerdo también las primeras reacciones. Los sacerdotes cautelosos sabían que su dios era una mentira, que no existe o que, de existir, no los iba a ayudar. Deciden entonces cancelar sus misas de sanación. Algo me dice que estuve en Honduras y hubo un enorme escándalo porque tampoco se pudo realizar la cruzada de sanidad y milagros: Guillermo Maldonado, quien traía la cura para la COVID-19 no pudo dirigir el culto y, como sabemos que la sanación no llega a través de la televisión, cientos de personas murieron antes de que él pudiera llevarles alivio.

Claro, Maldonado no fue el único. Hubo pastores más astutos que aprovecharon los primeros días del brote en sus países para cosechar diezmos y ofrecer sus milagros prepagados. Recogieron dinero a manos llenas y, cuando el virus llegó, huyeron a zonas sin contagio para disfrutar de la riqueza que aún les quedaba. Los sacerdotes católicos no tuvieron muchas opciones; bajo la jerarquía del Vaticano sólo tenían una opción, seguir haciendo misa. Sagaces fueron quienes prohibieron a los feligreses acercarse al agua bendita (en realidad, era agua vulgar que fácilmente servía para propagar la infección).

Otros líderes espirituales, convencidos de que tenían inmunidad social, se vieron forzados por los poderes públicos a cancelar las congregaciones y, como en el caso colombiano, no les quedó de otra que pedir la ofrenda por medios virtuales. Pero, debido al colapso económico y la cantidad de feligreses sin bancarizar, tuvieron que recurrir al Gobierno Nacional con intermediación de los senadores cristianos para que les lanzara un salvavidas financiero a las iglesias. En cierto modo, me alegro por ellos, pues duraron con vida más que los que mantuvieron su fe. En todos los fines del mundo que hemos visto en películas, siempre hubo una secta que lleva a los verdaderos creyentes directamente a la muerte.

En Corea del Sur, 45 de 100 feligreses resultaron infectados cuando atendieron la recomendación de su líder de probar agua con sal del mismo recipiente de spray para evitar que fueran afectados por la COVID-19. En Magangué, Colombia, un grupo de desquiciados pareció ver la figura de Cristo sobre el tronco de un árbol, lo que los llevó a violar la cuarentena obligatoria. En Brasil, las iglesias hicieron caso omiso a las recomendaciones y, con el visto bueno de su presidente, continuaron las congregaciones asegurando que el virus era sólo una estrategia de Satanás para impedir que estos se reunieran. Bolivia, por su parte, vio a la población de Cochabamba sometida a un ayuno colectivo como único camino para prevenir el contagio por coronavirus. Malasia también se vio afectada por un masivo rezo islámico que dejó 190 nuevos contagiados tan sólo unos días después del evento. Ni siquiera Europa se salvó. En Mulhuose, Francia, una reunión evangélica de dos mil personas dejó entre 500 y 800 contagiados. En estas circunstancias, era inevitable que el virus se diseminara por el mundo y dejara miles de muertos.

Llego a un restaurante cuyas puertas están destruidas. Hay trozos de comida por todas partes y huele a desperdicios. Abro uno de los refrigeradores y encuentro un jugo artificial de mora. Mientras lo tomo, vuelven mis recuerdos sobre el punto de inflexión: marzo de 2020, el Papa le pide al mundo que ore para contrarrestar la pandemia. La gente se sumerge en los ruegos a sus dioses (que casualmente son las múltiples personalidades del mismo Cristo) y los contagios en el mundo crecen exponencialmente.

Al revisar el bolsillo de mi camisa encuentro mi carné de la cooperación Johns Hopkins. Todo es claro como el agua: estuve en la reunión de los directivos, junto a Bill y Melinda Gates en una llamada con el Papa Francisco en octubre de 2019[1]. Este anciano disfrazado de mensajero de dios es quien lo planeó todo, es el artífice del plan de exterminio, no le importó arriesgar la vida de sus obispos en Roma. Cuando la población se hubiera reducido, él quedaría con las montañas de oro de la iglesia.

Aunque quedan algunas lagunas en mi mente, recuerdo todo el plan: desarrollar pruebas en un hombre inmune al virus para que este pudiera llevar la cura a los sobrevivientes y estafarlos con sometimiento autoritario a un nuevo orden político post-capitalista: el Proyecto Jesús. Programado para activarse el siguiente domingo, tengo sólo unos días para detener al Papa; de lo contrario, con la activación del Protocolo Resurrección[2] estaremos perdidos.

[1] Si bien hay una teoría conspirativa que considera que el evento en JHU fue parte del plan de las élites para controlar el mundo con el uso del coronavirus, el autor de este texto descarta que eso sea real y utiliza este dato sólo como alimento para la ficción planteada en la lectura. [2] Hago referencia al domingo de resurrección.

Escrito por Sauron James. Sociólogo en formación.

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